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sacanueces

T 887 Caballos de agua

T 887  Caballos de agua

caballos de agua lloran junto al río

sus lágrimas se disuelven como almas intrépidas

en un abismo de granizos y suicidios

y vos y yo

contemplándonos a los ojos como dos niños dormidos

dejamos caer la tarde

y que el otoño nos olvide

   tu mano junto a la mía

amiga mía

tiemblan como polluelos con frío

sin importarles ya

tiempos de cuervos y oscuros presagios

ni la buena ventura que deparará el día

o de la muerte su áspera espera

o que un cielo conjure maravillas

   tu mano junto a la mía

mi niña amiga

son la huella inmortalizada

el sello

la profundidad de las entrañas

la herida impresa

que abierta dejamos latiéndole a la vida

CRÓNICA DE UNA SILLA

CRÓNICA DE UNA SILLA

Desde la cama ya la veía hermosa a la silla, no por ella, que si bien lo era, creo que cómoda y quizás linda también. Era de esas comunes de madera, la de los bailes en club de barrio, esas de tablita, las que se plegaban como tijeras. -Más allá de eso, la veía hermosa ¡porque ahí se sentaba! -.

   Casi te diría que empezó a vivir, a tomar hermosura, desde la primera vez que   le asentó sus posaderas. Ese día, recuerdo, adquirió hasta un brillo especial.  

  Era de madera común, color madera sucia, madera vieja; pero eso no es lo importante, lo que si: -el brillo que tomó la silla desde la primera vez que se sentó -.

   Como te decía, desde la cama la veía hermosa. Y como no serlo; si me levantaba, preparaba unos mates, corría la silla, la acomodaba, me sentaba sobre mi cajón del otro lado de la mesa, frente a la silla, para desayunarme y ahí no más, como si lo supiera desde antaño, golpeaba la puerta. Carla, como siempre Carla. -¡Seguro que es ella!- pensaba yo, y   le gritaba con cierta emoción: -¡pasa que esta abierto!-. Entraba como habitualmente lo hacía, sin decir palabra me besaba la frente y en la silla se sentaba. Así, el ritual del desayuno daba comienzo.

   La silla brillaba como sus ojos pardos bajo el flequillo. El cuartucho con tanto brillo se convertía en un palacio inmensamente iluminado.

   Así comenzó la historia de esa silla.

                                                                          (II)

   No sé qué pasó, quizás la monotonía, el acostumbrarse, el volverse matrimonio gastado o el encallecimiento de los afectos, los mates muy lavados, feos, no sé..., pero te aclaro: nunca nos casamos, ni tampoco tuvimos algún tipo de relación, digo de esas, ni de las cuerpo a cuerpo, ni nada por el estilo, que no fuese eso, el ritual; aquella ceremonia digna de los más exquisitos Faraones, de los más fabulosos Reyes, la de desayunarse con mate de a dos.

   No sé qué pasó te decía, por lo que sea,   un día no vino... no golpeó la puerta. Ése, el primero, me lo acuerdo como nunca. ¡Cómo olvidarlo!, si el corazón al paso de los minutos, en el comienzo del parto, el de esa enorme espera, me latía a tres mil pulsaciones por segundos, al punto que ya al medio día me metí en al cama por lo mal que me sentía. Y no golpeó.

   Ya en la cama, juré no levantarme hasta que no golpeara, que iba a imaginar... y me quedé así nomás, acostado.

   Al cuarto día mi estómago rechinaba de hambre, las tripas eran un concierto mal realizado.   Ahí, aprovechando que alguien golpeó, me levante apurado, arreglé un poco, calenté algo de agua y como dejando todo listo para la ceremonia grite lo clásico: -¡pasá, está abierto!-. No sé, para mi grité fuerte, pero a lo mejor por la debilidad no sonó demasiado. Como dudé si había escuchado me fui hasta la puerta. Convengamos que había pasado algún tiempo desde que alguien golpeó hasta que abrí; con todo lo que arreglé, calenté el agua y demás, no?. Abrí te dije, pero nadie había. Mire como si fuera una broma, para todos lados, e hice el amague de cerrar la puerta varias veces como amenazando que si no aparecían la cerraba nomás y no habría ceremonia, pero nada, nadie apareció. Al rato advertí encajado debajo de la puerta el papel de todos los meses, el de los gastos comunes. Obviamente el alguien que golpeó.

   La silla durante ese tiempo volvió a tomar el antiguo brillo, el más furioso de los brillos. Debo confesarte que en esos días de cama, a la silla la fui viendo perder su hermosura ante el insistente silencio de la puerta, y juntamente el brillo se fue opacando hasta casi desaparecer.

                                                                         (III)

   La puerta se calló definitivamente y ella no regresó, Carla digo.

   Al comienzo la silla, ya opaca y aburrida (había perdido el brillo definitivamente), me molestaba. La cambié de lugar, bueno en realidad cambié todo de lugar.

   No pensaba para nada caer en   estado de total depresión, ni siquiera parcial. Sabía perfectamente que de dejar las cosas como estaban me llevaría a un estado de melancolía, de extrañeza y esos son los primeros canales rumbo a deprimirse. Después queda poco para el suicidio definitivo.

   Corrí el calentador, arrimé la cama más a la puerta, puse la mesa debajo de la ventana con el cajón frente a ambas. A la silla en cuestión, la puse en penitencia en   uno de los ángulos del cuarto.

   Varios días estuve así, pero comencé a sentir la opresión, como que la silla me juzgaba; que se daba vuelta y me miraba con una mirada maliciosa y profunda, judicializada, juzgándome, sentenciándome.

   Y... sí, por ahí en las noches de soledad la espiaba, y crease, quiera o no, la veía brillante, con las nalgas de Carla encima; y también aquellos ojos pardos titilando bajo el flequillo, titilando y brillando como ella y me miraban.

   Muchas veces pensé que Carla había muerto y el fantasma de la Carla era el que me visitaba.

                                                                          (IV)

   Por supuesto, no pude convivir con la silla en aquel rincón. Volví a cambiar las cosas de lugar. La mesa al ángulo opuesto de donde estaba la silla, el calentador sobre ella, ambos cerca de donde estaba la cama; la silla casi al lado la ventana y la cama en medio de la habitación, con la cabecera hacia la silla y la ventana, los pies mirando al puerta. El cajón como de costumbre bajo la mesa, oponiéndose a la pared. En el cuarto, parecía nuevamente que iba a reinar la paz.

   Los dos primeros días, creo que fueron los únicos en que pude dormir toda la noche de este largo y vasto tiempo, digo, desde que no sonó más la puerta; aclaro que no sonó como ella la hacía sonar, ya que algún desubicado pudo haber golpeado en ese tiempo.

   Bueno como te iba diciendo, el tercer día, terrible tercer día, a media noche: una gran luminosidad que proyectaba la sombra de la cama y yo sobre la puerta y un enorme cimbrón me despertó. Vi la puerta abierta convertida en una ancha garganta oscura que me tragaba insensible a mi endemoniado terror, mientras que escuchaba a mis espalda las risotadas, las carcajadas impúdicas de la silla festejándolo.

   Cuando abrí los ojos en medio de un charco de transpiración, vi la puerta que se golpeaba al mismo ritmo que la ventana. Las dos abiertas, seguramente las dejé mal cerradas. Afuera una tormenta eléctrica con fuertes vientos se había desatado. Me costó mucho llegar a la madrugada y saber si era realidad o ficción, tuve mucho miedo esa noche, realmente miedo, de ese que no sabes de qué lado estás.

  Al otro día, repuesto, regresé las cosas a su lugar, digo al lugar que tenían cuando ella golpeaba la puerta y nos ceremoniabamos.

   Te cuento que fueron muchas más veces de las que te conté y puedas imaginar, las que cambié los muebles de lugar. Qué más da... ¿verdad?

   En algunas oportunidades, a pesar de la conciencia y luchar contra ella, la depresión se me trepaba por las costillas y me apretaba el alma, la extrañaba.

                                                                          (V)

   Después, todo como antes, pero desde la cama ya no la veía hermosa. Aunque en algunos momentos, sí, o me lo inventaba.

   Y eso me comenzó a preocupar, por lo que resolví traer otras sillas, quizás con ello no me abocaría a pensar tanto en esa, en la que se sentaba. Claro, siendo la única, es como inevitable y que al pensar en una, pensaba en al otra y viceversa, digo: silla - Carla, Carla - silla, indistintamente. Y no estaba dispuesto a sufrir ni a bajonearme, como ya te había dicho,   por ninguna. Así lo hice, entre varios vecinos conseguí tres sillas que traje al cuartucho. -Claro, ni te imagines, no eran ni parecidas a ella-; quizás objetivamente fueran muy superiores o no, pero desde que las traje, ella siempre resaltaba; realmente comenzó a sobresalir mucho más, a remarcarse, que hasta con cierto temor, lo digo: empezó o empecé a verle aquel brillo, el de la antigua ceremonia.

   -¡Qué lo parió!-, me trajo de nuevo la ansiedad a la crudeza de mi piel, la de esperar el golpe en la puerta.

   Un día, en medio de la ensoñación me levanté y a los gritos de: -¡no,no,no!- en un ataque de desesperación mayúscula, agarré las cuatro sillas y la tiré por la ventana, sin darme cuenta que también iba el cajón. No sé dónde fueron a parar, a la calle no, ya que el departamento era interno y tampoco me preocupé en fijar.

   El cuarto comenzó a ser otro; claro, de casualidad estábamos: la cama, la mesa, el calentador y yo, lo que empezó a notarse, pues se lo veía inmenso. Ahí comencé a vivir lo enorme de la soledad. Tuve que cambiar los hábitos, ya que a la cama se fue convirtiendo indistintamente en cama, cama-silla, cama-cajón, cama-perchero, cama-estante... Es decir que tomó todas las responsabilidades que antes tenían silla y cajón. ¡¡¡Cómo será que hasta en un momento me pareció que intentaba brillar!!! Parece que se la había tomado muy a pecho.

                                                                          (VI)

   Muchas veces por las noches despertaba transpirado por sueños o pesadillas, viendo brillos e iluminación por todo el cuarto, como si la cola de Carla se hubiese estado sentando por todos lados, pero te aseguro que sólo la había apoyado en la silla en cuestión y esa ya era noticia antigua, ni figuraba, quizás en el recuerdo o en la imaginación.

   Esto fue pasando muchas veces, lo que me hacía tomar conciencia de que el tema de Carla y la silla seguía en plena vigencia, es decir que después del último acto de arrojo, digo arrojo por el hecho que arrojé la silla, no había podido solucionar nada. Y peor aún amplié el espectro de preocupación; por lo visto.

   Ya estaba incomodo en el cuarto, ahora era grande y frío, así lo sentía. Vacío de cosas y lleno de ausencia; ya que la ausencia de ella había ocupado todos los rincones del mismo. Además, todo tenue, no había brillos, fuera de los que por ahí me imaginaba.

   Faltaban ya demasiadas cosas, es decir todo. Sin ella, sin la silla, sin el cajón, sin la esperanza, la que también había tirado anteriormente por la ventana junto a la silla y el cajón, me parecía imposible seguir así, sólo.

                                                                           (VII)

   Por casualidad me enteré de que el cajón lo había tomado uno del tercer piso, cosa que me llenó de alegría. A la mañana siguiente fui al departamento en que se hallaba el cajón y después de algunos entredichos y negociaciones, logré comprárselo; quizás lo pagué caro, pero era mi cajón, y eso se paga caro.

   Reconozco que desde que lo traje, en algo cambió el cuarto, como que tomó más vida. A la mesa la vi mucho más contenta. El cajón de hecho demostraba su alegría: la de haber vuelto, y la cama, como era de esperar, se llenó de alivio ya que el cajón le disminuiría mucha de sus responsabilidades. El único que ignoro todo fue el calentador, a él no le iba ni venía nada de aquello que sucedía. Como dije antes, algo cambió, pero no llegaba a alcanzar para sentirme un poquito mejor, la extrañaba, digo, las extrañaba: a Carla y a la silla.

   Fue por culpa de que quise festejar a modo de bienvenida al cajón, que salí a comprar unos criollitos, lujo que se entiende no me puedo dar todos los días. Pero vayamos a lo que te contaba; fue por culpa de eso, porque al regresar como a media cuadra de distancia, abriendo la boca venía y mirando para arriba, cosa que no hago muy a menudo, por lo general, por esas cosas de timidez, siempre miro hacia abajo; pero ésta, venía mirando para arriba, quizás era porque festejaría o no sé, pero así venía.

   Como te dije antes, a media cuadra más o menos vi un brillo que me parecía conocido, lo vi como a la altura de un segundo o primer piso y oh! coincidencia, justo en el edificio donde yo vivía. Esa mitad de cuadra caminé sin poder sacarle los ojos de encima. Realmente me parecía conocido, el brillo digo, pero no le encontraba mucha explicación; cosa que se me aclaró ni bien me acerqué, provenía de una silla y era en el segundo piso, en el balcón del segundo. -¡Sí... era mi silla!-, la reconocí de inmediato, a pesar de verla sólo un pedazo, pero era ella no más.

                                                                          (VIII)

   Sentí algo tan extraño.

   Dejé los criollitos y me dije de festejar todo junto, digo trayendo la silla también.

   Me arreglé un poco para ir hasta ese departamento, calculé que era un "A", porque a la calle solamente dan los A y los B, y si no me confundo, los de la derecha son los A y este balcón era de ese lado, es decir del lado "A", que de no ser, no me importaba mucho, tocaba el otro y listo.

   No eran muchos los pisos; los que fui bajando por las escaleras, además me iba preparando, armando todo lo que le tendría que explicar al que me atendiese en el departamento para que me diera la silla. Y además me preparaba psíquicamente, te imaginas lo que significa volver a juntarme con ella, digo la silla, que también es casi como juntarme con Carla. No es para nada un trance fácil.

   Bajando los dos últimos escalones que desembocaban en el segundo piso, me agarró un miedo tal que quedé paralizado.

   Ya frente a la puerta del departamento "A", mi corazón golpeando con furia el pecho, con fría transpiración en el cuerpo, goteándome la frente y las piernas al borde de temblar como hojas secas sacudidas por el viento. ¡Golpeé!... Y nada. ¡Insistí con más fuerza!... Y nada. Esperé.

                                                                          (IX)

   En las esperas, los silencios son terribles, hacen notar todo multiplicado por mil. El corazón marcaba un permanente ronquido, grueso ronquido diría, de trasfondo; a cada movimiento de pie, cosa que al estar parado sucede inevitablemente, se escuchaba el ruido de la suela contra el piso como si se raspara un barco contra el muelle, claro involuntariamente pero atroz, casi boleaba y aturdía, y ni que hablar de los movimientos de cadera, que en cada uno sonaba el manojo de llaves y sonaban igual que al manojo de campanas de la capilla Sixtina enloquecidas tras la muerte del Papa. Y el roce de las manos y hasta el movimiento de los párpados producían sonidos terribles que escuchaba. Claro todo magnificado por el silencio y la tensión de la espera.

   No se cuanto tiempo estuve así, esperando... pero nada. Reiteré el golpecito, nada, dos más y nada. Y entre cada cosa: timbre, golpecito, golpazo y nadas, esperas, esperas interminables, las que me fueron convenciendo, muy a mi pesar, que ahí   había nadie.

   La ansiedad me traicionaba. Me sabía a pocos metros de la silla, de mi silla, la amada silla. La distancia no era mayor a los seis metros, ya que eran departamentos muy chicos, pero la maldita puerta y la ausencia de gente me impedía llegar hasta ella. Mi corazón ya se sentía nuevamente conectado con la silla y con ella, no sé por qué y al parecer la silla también conmigo, ella no. Las cosas físicas impedían inevitablemente el reencuentro. Del otro lado, en el balcón, parecía que la silla había vuelto a brillar como antaño... quien sabe no?

   Los sonidos fueron disminuyendo, digo los del corazón, y el silencio volvió a ser casi absoluto.

   No hice nada de ruido de regreso al departamento. Volví con todo el sigilo que podía tener, no quería que nadie se diera cuenta de mi derrota: una puerta y una ausencia me habían vencido.

   Ni cerré la puerta del departamento, me tiré en la cama, tapé la cabeza con la almohada y grité desaforadamente; al pedo, pero me desahogue.

                                                                           (X)

   La noche se me hizo larga, pero no al vicio, pude desarrollar una estrategia para recuperar la silla. Había indagado a través del portero que el departamento del segundo, en el que en su balcón se encontraba la silla, mi silla, estaba vacío. Le ofrecí hasta algún dinero, al encargado del edificio, para que me lo abriera, pero en vano, ya que no tenía la llave o no me la quiso dar. Tampoco pude obtener la dirección del dueño, dijo algo de que era poco ético difundir tales pormenores. Lo que sea me llevó a urdir un plan estratégico.

   No hace falta ser un genio para desarrollar un plan para obtener una silla, sencilla mente, deslizarme desde arriba, bajando balcón por balcón hasta llegar al mismo y luego seguir, y ya en la vereda volver por la escalera o el ascensor. Lo que sí, debo pedirle a la señora de en frente, la del departamento "A", que me permita bajar por su balcón. Con alguna excusa no creo que me lo niegue, pensé. Así lo hice, puse una ridícula y accedí a su balcón.

   Eran pocos pisos, pero me parecían una enormidad o no se, nunca me había asomado a un balcón; creo que eso me dio algo de impresión, digo el ver desde ahí arriba. Los que pasaban se veían chiquititos. A pesar de ello, y a sabiendas que más abajo estaba la silla sola y abandonada y que seguramente me estaba esperando, me largué a las peripecias de descenso. No miraba para ningún lado, sólo la pared que de tanto en tanto me raspaba la nariz. A tientas movía un pie, luego otro, una mano, la otra, estirándome, haciéndome casi el "hombre elástico", más aún el "hombre araña", pero sin telaraña... así no más, desnudito; en mi mente se repetía la frase: cuando apoyas tres puntos liberas recién el cuarto, cosa que sin dudar obedecía. Me había atado una soga de la ropa por precaución, pero cuando llegué al primer balcón debajo mío, casi no puedo apoyarme dentro de él por estar colgado de la misma soga, cosa de la cual me desaté. Así continué mi descenso, tomándome alternadamente de algunos caños salientes que también conformaban las estructuras de los balcones, apoyándome en molduras, pisando sin querer varias macetas, etc...

   Lo que parecía una pequeña distancia, en el tiempo de bajada me pareció eterna. Por fin llegué al balcón del segundo piso, me sangraba un poco la cara y las manos, por los roces frecuentes y la aspereza de la pared. Ahí estaba, ¡brillando como nunca!. Me quedé parado un tiempo, no sé cuanto, admirándola, disfrutándola, imaginando todo el regreso, la fiesta, el reencuentro, ya que también sería un reencuentro con ella, digo con Carla.

                                                                         (XI)

   Cuando la agarré me temblaron las piernas por la emoción, pero me contuve, aún quedaban dos pisos por bajar; en realidad sabía que la historia prácticamente había terminado, digo, el rescate de la silla, de todas formas no tenía que subestimar lo que me faltaba por hacer. Que todo me haya salido bien hasta ahora, nada quiere decir, seguro que debo poner más atención... no sea cosa que el diablo meta la cola justo al final, pensaba.

  Con la silla entre los brazos me arrime al borde del balcón, miré para abajo y la distancia no engañaba, era más de lo que uno imagina. Claro, bajar hasta acá había sido bastante fácil, pero el resto debía hacerlo con la silla a cuestas, ya que no la podía tirar o bajarla con una soga porque no la tenía, ahí tomé conciencia que lo que me restaba era en realidad lo peor, y un nudo atravesó mi garganta. Tuve miedo, no sé por qué; pero del grande, del que te hace transpirar en frío, del que sale sabor amargo de las glándulas de la boca, del que paraliza. Tampoco sé por qué tuve la idea de la premonición, como un flash, algo que en milésimas de segundo pasó por mi vista, una tragedia.

   -El miedo da pa todo- me dije y salí de la idiotización, de la perplejidad, de la inmovilidad.

   Si bien la silla no era extremadamente pesada, pesaba bastante, por lo que no podría sostenerla por mucho tiempo con una sola mano, resolví atármela a la espalda. Como te dije antes, soga no tenía, y para peores estaba con una remera manga corta que con ella intenté atarla pero no lo logré, era muy escueta, ¡estas ropas modernas!. Tuve que hacerlo con el jogguin, si bien era bastante nuevo, apenas un año tenía, me dio no se qué poderlo arruinar. En realidad no entiendo por qué pensé eso, no tenía por qué arruinarse, era apenas unos minutos, ya que ni bien estuviese en el piso la desataba y me lo volvía a poner... ¿acaso pensás que entraría al edificio medio en pelotas?

   Y así fue, comencé el descenso medio desnudo, pero hete aquí, cuando estaba colgado balanceándome, ya que había medio perdido los puntos de apoyo, me percaté de que el balcón inferior estaba más adentro y la separación entre uno y otro era mucho mayor, por lo que mis movimientos estirados no alcanzaban donde apoyarse y sostenerse, por lo cual quedé colgado como te dije.

                                                                          (XII)

   Por tanta emoción, la de estar frente a la silla y todo lo que eso me significaba, no me había percatado de los autos estacionados frente a la puerta del edificio. Más aún, antes   me había fijado para abajo, fue cuando medí aproximadamente las distancias, el trayecto que me faltaba hacer. Pero nada había visto o porque no estaban o porque no le preste atención, ni mucha ni poca, nada.

   -¿De qué estoy hablando, dirás... no?- Hablo de la gente que estaba abajo, del gentío digo, y de los autos negros con las coronas de flores que me parecían ver de esa posición de mierda en que estaba ahí colgando. Porque en el intento de pisar en algún lugar, me fijé y vi más allá, es decir lo que sucedía abajo, y era lo que te estoy diciendo ¡pelotudo! ¡Era un funeral!

                                                                           (XIII)

   Cuando se me soltaron los dedos alcancé a ver que justo aparecían varias personas portando el ataúd, y ya en la caída fui viendo las dos hileras de gente que se abrían dando paso al mismo, no se porque lo pensé y me dije: -¿no será Carla...?-. No quise gritar para no distraerlos ni molestarlos ni molestarla, claro, si iba ahí digo. Ya que se los veía tan atentos, tan serios, tan correctos, hasta se escuchaban algunos llantitos y sollozos; además no quería que me vieran ni me viera tan indiscreto allá arriba, cayendo, casi desnudo, las chuecas al aire, flacas y peludas, en slip, con las medias rotas, con los zapatos de salir (los únicos que me quedaban) y con una silla en la espalda como si fueran las alas de un ángel de madera.

   Quise como planear, tratar de esquivar, hasta había abierto los brazos y las piernas, ya parecía un paracaidista en caída libre. Y libre caía, nada me lo impedía y así fui viendo llegar el cajón, porque parecía que él se me venía encima, que subía rapidísimo. ¡Pero no!, hice nomás impacto como caía. Los seis que lo llevaban funcionaron de amortiguadores, soportaron el impacto, pero no la inercia. Estallé la tapa con el pecho, menos mal que el de chapa no lo tenía, porque lo iban a cremar. No pude cerrar las piernas ni los brazos y quedé abrazándome al muerto, en el mismo momento que los tres del lado derecho que lo portaban cedían al la fuerza de la inercia, como te había dicho antes. No sé cómo, ya que tiempo y espacio habían dejado de existir; estaba rodando tipo sánguche: muerto, yo y silla. Éramos un manojo, o amasijo o un agolpamiento o un montón de cosas enredadas que rodaban.

   El griterío me fue sacando de la confusión, trayéndome a la conciencia de dónde estaba y qué pasaba. El olor nauseabundo me lo reafirmó, estaba rodando abrazado a un muerto o muerta. Nos detuvo unos veinte metros más abajo el caño de un parquímetro, quedamos: silla, otra vez yo y el cadáver, que ahora me abrazaba a mí. Curioso, no era muy pesado, pero su olor ya me daba tremendas arcadas.

   Me pareció eterno el tiempo que demoraron en quitármelo de encima, cosa que les costó bastante, ya que la rigidez había dejado los brazos como ganchos duros que me rodeaban, pero lo lograron. Fue ahí que le vi el rostro, entre ese olor nauseabundo y la luz que encandilaba. Para peor, al retirarlo parte de sus líquidos olorientos que le salían por la nariz y la boca, habían caído sobre mi cara y cuello. A pesar del esfuerzo que hice por no vomitar y que al rostro lo había reconocido inmediatamente, por eso intentaba no hacerlo, vomité.

    ¡La vomite...! a Carla, digo.

   La vomité Carla que estaba ahí, a mi lado tratando de ayudarme a levantar, la dejé a la miseria, enchastrada de la cabeza a los pies. Llegué a ver en sus ojos claramente el odio y no brillaban para nada

                                                                          (XIV)

   -Ahora que te lo he contado sentí el mismo olor, el asco, su mirada y la terrible vergüenza que había vivido. He vuelto a revivir el por qué me mude de país-. -¿Entendés, también, el que no haya sillas en casa?-

    -¿Me estas cargando?... ¡a la silla la revoleé a la mierda!-

____________________________________________________________________francisco

T 872 AMIGA MÍA (II)

T 872  AMIGA MÍA (II)

ya la lluvia

el viento

o el granizo

ya el silencio

los pájaros

y la tormenta

ya la noche

la muerte

los lobos

ya tus ojos

este desierto

este hablar de lejanías

hicieron de mi

la sombra seca del olvido

¡amiga mía!

mi destino

es una boya atada a un tiburón

que se sumerge inevitablemente

T871 LO DE SIEMPRE

T871 LO DE SIEMPRE

quiebra la mirada un rayo de hielo

un no me acuerdo

la lágrima oxida el alma

las entrañas se abollan contra el cemento

te haces un charco coccíneo de tu báratro

eres humo entre la gente

te diluyes

como que nunca exististe

ya eres nada

lo de siempre

T870 QUIZÁS NOSTÁLGIA

T870   QUIZÁS NOSTÁLGIA

todo es tan distinto

la luz de la mañana está lenta

como que los rayos de sol que por la ventana penetran

se adhieren débilmente a las cosas

y ellas apenas si lucen

hay cierta sensación de frío

frío que antes no notaba por los olores de la casa

los que daban calidez

los que nos abrazaban el alma

hay otros y no son feos ni malos

pero no son aquellos

son distintos

ni mis árboles

ni mis pájaros

ni mis silencios de río

ahora me embate el cemento

los sonidos

hierros y autobuses

y un delirio de gente a los alaridos

ya no tengo el niño entre las costillas

ni en la mirada fuego

ni en mis manos las tuyas

he perdido la voz

la que me hacía llegar a la madrugada

hoy callado

sólo espero cerrar los ojos pronto

y que aparezca otro día

aunque el mismo

tampoco tenga sentido

no invento estrellas

ni cuento cuentos

ni recito poesías

ni consumo tus ojos entre las velas

me dejo consumir

por las tetas

los culos

las sonrisas de vacas

la miseria humana

por el cajón idiota

que nos vende la vida

en barateces estúpidas

de autos caros

y hoteles de lujo

el corazón se ha vuelto caucho

y el alma espejismo

deambulo como un muerto

y por la inercia sobrevivo

quizás vejez

nostalgia

quizás sólo vacío

que me hace sentir

como un peso muerto e inevitable

lo distinto

T866 SIGILO, SILENCIO

T866  SIGILO, SILENCIO

Sigilo y silencio.

Te desprendiste de mi,

pero sentí que te arrancabas.

Te arrancabas como una cripta esculpida en el granizo,

que el eclipse del cielo en una terrible convulsión, rechazó.

Hay anchoas muertas en el paraíso

y así huele al historia.

Nuestra historia,

la que no se podrá contar ni repetir.

Cual es el camino que tomó la serpiente?

Cual es la cueva del dragón,

el que con el fuego de sus entrañas trató de purificarnos

y nos quemó las pestañas, los pelos del pubis y los mustios huesos del alma?

Quizás por desesperado

o por temor

o por el abandono y la abulia

que me consume en esta deriva de vino, pocilga y noche.

Quizás, decía, por eso pregunto,

porque no se cuando sucedió,

cuando no nos dimos cuenta

y ya flotábamos en lágrimas y desesperanza.

Silencio y sigilo.

Pero el ruido del hoy es atroz,

con sus muros,

sus arenas,

sus cavernas.

Un yo preguntando estupideces sin entender el antes o el todo,

un vos, vaya uno a saber,

quizás destejiendo laberintos,

como una Penélope ebria que nada entendió,

esperando encontrar el puto dragón,

el que nos hizo humo y te fulminó la mirada,

para reclamar un: por qué, algo,

algún indicio de historia que te diga que no estas muerta entre la piel y los huesos.

Silencio y sigilo que aceptamos

en vez de haber gritado:

¡la puta madre que lo parió!

y haberlo intentado otra vez.

T867 DESESPERACIÓN

T867  DESESPERACIÓN

                                                                 "No se por qué, dedicado al poeta: Cesar León Vargas"

Con esta urgencia de llegar a ningún lado.

Con la noche que atropella sin tregua.

Con los bares al acecho de cualquier esquina.

Con la lengua torpe aún enredada en el vino.

Con los pies mareados de tanto recorrer prostíbulos.

Con la conciencia a media asta, la camisa afuera y los ojos desentendidos,

sobre esta mesa, lejos del chiquero, abro mi pecho y escribo.

Uno a uno caen los versos,

uno a uno, también, vuelan mis pájaros y los murciélagos tras tus ojos de disimulado cielo.

Uno a uno hago casi veinte poemas y otra canción no muy desesperada;

me siento Neruda, desnudo y con frío.

Pero te amo, y ese es el motivo.

Y de uno a uno paso los veinte

y más de cuatro canciones

y hasta un cuento escribo

y me siento ser un montón más de Nerudas,

algún Rubén Darío, casi Lima quintana tirando a un Benedetti revolucionario.

Al fin me pierdo entre los higos del paraíso,

beso tus senos

y sueño con la lujuria de tu sexo enloquecido,

amándote.

Me encuentra la madrugada con sus primeros gritos,

acurrucado en un rincón como deplorable miseria humana,

semidesnudo, vomitado, temblando de frío,

montones de papeles arrugados y desperdigados por el piso,

que por ahí se puede leer: "canción setenta y dos" o "poema noventa y nueve";

con un despertador que a los alaridos me perfora la cabeza

para que vaya a la oficina de la biblioteca, a mi trabajo.

Recuerdo entonces: que es Martes, que se me hace tarde

y que alguna vez amé con la puta desesperación de un poeta

T868 Mirada (patética)

T868 Mirada  (patética)

una mirada convexa

casi de pirámide

siento que se clava en mi espalda

-quizás la muerte me este mirando- pienso

hace rato que voy y vengo

desde una madrugada a otra

por ahí entro en la noche

por ahí en una tarde o en un ocaso

a veces en el rocío

divago en mi deambular

con inventos elocuentes

                                            berborrágico

justificándome la existencia

la existencia

hace mucho que no siento la vida

estoy ausente de mis manos

de mis ojos

lejos de la piel

                          los olores

                                            los abrazos

sólo caigo en la palabra

en los textos de los versos

donde me dibujo

como si estuviera frente a la cara pálida de un espejo

y así

          a veces

                        sólo a veces

creo que siento que soy

que la vida me duele

pero cuando abollo la hoja

y al poema lo dejo hecho una arruga inconfesable

como esa fotografía

que nunca más quieres ver

vuelvo a ser la imagen sin rostro

el silencio que se mueve

la nada misantrópica

letal y aburrida

dije –quizás la muerte me este mirando-

(iluso por desesperado)

                -no hay milagros hermano-

sólo la misma larga espera

ese invierno del alma donde la nieve llora

T859 DECIDOR DE PÁJAROS (tres variaciones tres en un poema)

T859   DECIDOR DE PÁJAROS (tres variaciones tres en un poema)

                                      (I)

partiremos la piedra

en el filo estático de la noche

donde se hacen polvo las miradas

donde el silencio se abre en una herida de palabra

partiremos la piedra    

                                          muchachos

a puro golpe de pájaros

de pájaros y abrazos

                                      (II)

partiremos bala y fusil

en el límite de lo incierto

al deshojar la madrugada

donde se hacen arena las estrellas

donde la estampida se diluye entre los sapos y las piedras

partiremos bala y fusil

                                             compañeros

a puro golpe de pájaros

de pájaros y obreros

                                        (III)

partiremos la muerte

en la arista más nocturna de la huesa

umbral de olvido

donde se hace vigilia las sombra

donde las bocas se copulan para no gritar

donde el vino ahoga el sueño y una mujer flota en el vaso

partiremos la muerte

a golpes de puro pájaro

                                             -amigos-

de puro pájaro y poetas

T843 cronica del patibulo, la princesa y la naturaleza bestial

T843  cronica del patibulo, la  princesa y la naturaleza bestial

 

   El pasillo era húmedo, casi oscuro, frío, sólo se escuchaban el ruido de los torpes tacones de botas cargadas de lodo y estiércol, como una marcha lenta de los ángeles de la muerte; el tiempo parecía caer retardadamente, paso a paso.   -“Tengo un fusil remontado en el corazón!” –se decía la princesa con los ojos entrecerrados, mientras caminaba cubierta por una mísera túnica sucia y raída, con los pies descalzos y las manos atadas a la espalda. Quedaba atrás la vida cómoda de los palacios, los baños en leche de oveja, los sirvientes, los paseos por los floridos jardines de las afuera del palacete.   La custodiaban hombrezuelos, salidos de la más baja plebe, hechos, ahora, milicianos, revolucionarios de ley.  Brutos, burdos y bruscos, la llevaban casi a los empujones, a veces arrastrándola, haciéndole sentir su indefensión, su impotencia ante lo inevitable y ellos se sentían eso: duros, trágicos e inevitables. Tratando de humillarla cuantas veces más se pudiese, intento inútil ante tanta dignidad. Mujer de hierro, Zarina, hembra, leona al acecho, mujer corazón de pan y golondrinas, mujer de pájaros en el alma.   Nunca tuvo principado, ni sus padres Zares ni Reyes fueron, pero así se sentía ser; así, después de haber respondido a su más pura naturaleza. Inevitablemente había y se había traicionado en su amor de origami. Fue leal a si misma, pero a quien decía amar, hasta lo escupió por la espalda. Una princesa en desgracia se sentía.   -“Tengo un fusil remontado en el corazón, qué sensación de poder, que ni la muerte para las ideas” –iba repitiéndose. Cronos jugaba como de costumbre, deteniéndose de tanto en tanto, a pesar que deseaba ir más a prisa, no podía, todo parecía impedírselo, los custodios, la eterna distancia de ese, ya, pequeño pasillo. Se escuchaba afuera la turba, la multitud ansiosa , muy impaciente, deseosa de ver correr sangre. El verdugo alistaba su hacha afilándola con una piedra curva, curiosamente negra, vaya a saber su por qué.    Ella quería que esto acabara pronto, no sabía hasta cuando podía mantener su frente en alto, su dignidad, su linaje, para lo que ella había sido siempre preparada, el brillo de su orgullo. Pero en su más profunda intimidad, estaba asustada, terriblemente asustada; desde lo más adentro, desde el fondo, deseaba que apareciera su príncipe, azul, amarillo o del color que quieras, y en su pegasus blanco de enormes alas la rescatase y la llevara por el aire al castillo encantado, previo haber matado a todos los malos, para olvidar este mal trance y creer que sólo era una pesadilla.   La tarde caía gris, como tormentosa; desde arriba, afuera, se podía ver pasar los autos con las ventanillas abiertas y a los transeúntes con camisas o remeras de mangas cortas, acusando así, un ambiente pesado, de incipiente humedad, de esos previos a las despiadadas tormentas de verano.   Lágrimas no le caían, pero en el pecho algo se le estrujaba, como una angustia que asfixia. Entre los mensajes de texto que mandó desde su celular, el que le mandó a su perro fiel Sorayo, decía: -escribime un cuento de princesas y castillos, de esos enormes y encantados, con unicornios y hadas y donde el príncipe, ¡no!, el más bello de todos los príncipes, me salva y ajusticia a todos los que me hacen daño, los feos ogros, los malos. –Sorayo escribía por no saber ladrar. No mucho después, minutos nada más, mandó el siguiente, también a Sorayo: -no, mata al príncipe y pone en su lugar a mi amor de origami y al otro que lo ajusticie como a los malos.-   -“Tengo el fusil remontado... –y nada más alcanzó a murmurar. Su cabeza, por fin rodó por la tarima del espeluznante escenario. El público enloqueció vitoreando al verdugo. Se había hecho justicia, justicia popular. Con la princesa decapitada, la sangre azul, la pureza, la estirpe, la nobleza, el linaje, otra vez regaba con sangre la tétrica  tarima, en otro de los tantos actos de la obra maestra: La revolución Rusa. Pero a pesar de ello, la cabeza de la damisela, ex zarina, ex princesa, se pesó en orifés y la cuantía se repartió entre los miserables.   Caminó con un puñado de sedantes y tranquilizantes en una mano y en la otra un vaso lleno de wisky hasta el borde de la ventana, parecía no tener más deseos de seguir. Abrió una de las hojas, apenas se asomó, como para verificar los ocho pisos que la separaban del asfalto y en donde pondría fin a su tragedia. Una brisa suave y húmeda le acaricio el rostro, ya se sentía algo mareada, quizás la bebida. Sintió que las piernas no le respondían o muy poco, pero le alcanzó para girar sobre si misma y echar una mirada, una contundente mirada al departamento, como si fuera a ser la última vez que lo iba a hacer y caviló. Un poco de viento que entró por la ventana abierta, le encimó la cabellera sobre su cara. Como te decía, caviló, pero nada; pero nada más que eso, caviló y así cavilando de espalda cerró la ventana que la despeinaba, fue hasta el baño, tiró las pastillas al inodoro, después se fue al cuarto y se tiró en la cama, tomó su celular y: -hola Ra, ¿qué estás haciendo?, ¿podés venir?.. me siento muy sola...-   Muerta la princesa, vive la rea, pensaba. Mientras lo esperaba, se masturbó ansiosa y desprolijamente imaginando.   Otra vez, como en todas las historias de amor a la distancia, el suyo de origami, lo olvidó a causa de su naturaleza bestial.    

T 850 Lluvia tormenta

T 850  Lluvia tormenta

Llueve

agitada el agua golpea el patio

rencorosa rezonga con voz oscura y frenético fervor

algo está furioso, el tiempo

ese afuera, el aire

lo que sea está tremendamente furioso conmigo

con mi patio y mi casa

algo pasa en el trémulo universo de mis ojos que no comprendo

La escucho

una y otra vez los rugidos se suceden

alaridos de ultra tumba

vientos empacados que corcovean sobre las ramas

sobre los nardos y el molino

sin retacear destrucción, sin miramiento alguno

y más agua y más y más...

Y más bélica y violenta se descarga sobre nosotros

sobre las tejas

sobre los ojos, los brazos y el patio

hasta sobre el alma que se nos está ahogando por tanta impiedad

No tengo miedo

lástima, tristeza quizás

tanto alboroto

tanta energía lanzada sin compasión

tanto ahínco para nada

Pánico, terror quiere de mi?

la muerte, que suplique?

me castiga, castiga mi casa, mis árboles, mis perros, mis gatos?

acaso quiere que cambie, que deje de ser quien soy?

no! no hay súplica ni pánico ni terror ni cambio

nada puedo cambiar ni en mi ni en la tormenta

ella es atroz y yo quien soy

Nada puedo hacer

debo seguir mi sombra

dejar atrás hecatombes y este loco cosmos enardecido

y a esos dioses no suplicados

esos que tan enojados se los ve y que me padecen

Seguir

seguir este Abril como se sigue la palabra

como otro capítulo de esta novela barata

como la línea entumecida del destino

despojándome, tal vez, de esta piel sucia, manchada de grises historias

como poeta al que perturbe su huesa y siguió

como aves que aguantaron la metralla del fusil

como sencillo escriba (que creo ser)

como decidor de pájaros y otros  importantes menesteres

como el que soy

Seguir, te decía

simplemente seguir atravesando las tormentas hasta llegar al claro

que quiero ver

ver nuevamente, quizás algún día, tus ojos calmos

tus dientes blancos amenazando una sonrisa

tu piel oliendo a poleo, albaca y sal

cerca, más cerca, nada más
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T839 Posible crónica de un después

T839    Posible crónica de un después

 

  

 "Las olas arreciaban contra la barcaza, parecía que las aguas estaban ensañadas, un faro los miraba desde lejos y las gaviotas se escondían temerosas

 (... -mamá dice que debo portarme bien y hacerle caso a la seño, porque así voy a ser como Carlitos; Carlitos, el gordinflón de quinto grado, el que es abanderado.   –mamá dice, que si soy abanderado voy a ser más bueno; pero si no quiero ser ni abanderado ni más bueno; quiero ser bombero. –si, si, andar en esos carrotes enormes que hacen mucho ruido con la sirena, esos que te hacen sentir importante, porque al pasar, todos se hacen a un lado. –vas a ver, cuando pase con el camionón, a la Martita de quinto grado, la dejo así: con la bocota abierta... y no la voy a llevar, pero a vos si, porque vos me prestas siempre el lápiz, la goma y me das alfajor en la merienda...

    ...después, -la Marce dice que todos los del grado somos unos bolu, ¿de qué se la da, porque venga con el celu al cole se agranda?, yo uso aros ¿y qué? -Esta tarde no pienso chatear con ella, lo voy hacer con la Marty, así muerde el freno, vas a ver. -No mi papá no vino esta semana a vernos, la ma dice que tiene mucho trabajo, pero se que es por la otra, la del quiosco de allá...

  

...después, -creo que me enamoré de la profe de ingles, ya lo se, pero no es tan vieja, yo le escuche que tiene como veinticinco, no me lleva tanto, apenas doce años; -¿Acaso no viste como me mira?-Cuando estoy cerca me tiembla todo, no puedo, no puedo, me agito, me agarra un calor enorme y algo me pasa en el cuerpo, que se yo, es raro. -No, no le dije, a ver si todavía se lo dice a mi vieja, pero me muero por ella...

  

...después, -me quedaron dos, pero pasé a cuarto año. -En este me pongo las pilas a full y ni una me llevo, vas a ver...

  

.

..después, -rendí bien el cursillo de psicología, creo que me gusta mucho, es casi lo mío...

  

...después, -van a ser dos años que estamos de novio, hago la tesis, me recibo y nos casamos...

...después, -pensar que de chico quería ser bombero. -Cuatro hijos, profe adjunto de la facultad, consultorio, economía estable, aspiro a ser director de cátedra.   -¿qué me deparará el destino?..

  

..después, -esta chinita que me hizo abuelo. -Apenas llego a los cincuenta y ya soy abuelo, ¡qué lo parió! -Abuelo separado. -¿Que pensará la flaca de esto que nos pasa, abuelos separados?, ¿cómo lo podremos ser?..

  

...después, -morirse así, flaca atorrante, sin decir nada. -No le pude decir que a pesar de todo la amaba. -Pero creo que lo sabía, porque hace poco, en el cumpleaños de quince de la mayor de las nietas, entró con migo del brazo, como los viejos tiempos, como cuando nos casamos...

..después, -jubilado, solo. -¿Ahora qué?..)

  

Y la mar embravecida, en segundos tragó una vida completa, sin ninguna contemplación, como minúsculo tributo a un destino cruel y prefijado."  

NOTICIAS:    

                   ¡Naufragio cerca del faro Punta Muerta!:                                                                                          

      Nada se pudo hacer por el menor de la familia Peralta, quienes habían naufragado frente a la costa del faro, desapareció en el mar. La búsqueda sigue a pesar del mal tiempo.   

T 834 C aras, contracara, conciencia y fín

T 834  C aras, contracara, conciencia y fín

("quizás el suicidio sea lo único que detiene los caprichos de la muerte")

                                                                                             Sacanueces

CARA

... en este atolladero, donde el atasco es un verdugo impaciente,

me encuentro...

Los pájaros se secan de uno en uno en la espera,

ni tus ojos ni tus manos están,

no hay coloquio frente a la piedra y a la bala,

sólo zumbidos y después la orfandad.

Quizás es tiempo de romper el sonido por última vez

y dejar que me carcoman los ojos el vacío

y tener un agujero en cada lado de mi cabeza,

no esperar más de vos ni de nadie,

no esperar de mi,

encontrar, tal vez, la benevolencia del verdugo

y que sea rápido y eficaz,

que no le tiemblen las manos como a mi las piernas al tener que seguir,

que no vacile ni se compadezca,

que ya nada merezco lejos de vos (platillo del olvido),

hastiado de mí,

vencido.

CONTRACARA

... en este atolladero, te decía...

Con ese verdugo enorme que me tapa y entorpece,

con esa sombra que desalienta,

con esa piedad de retenerte y contener el plomo,

con esa crueldad de intentarlo todo,

de atascarte con ruidosos golpes,

de asustarte más y más,

para que te vayas y no regreses,

que no es tu día,

que no es tu muerte.

SEGUNDA CARA

... en esto que ya es fondeadero...

Donde la luz es tenue,

donde se acaba lentamente,

donde me siento cansado,

donde no puedo,

donde tampoco quiero.

CONCIENCIA ENTRE CARAS, CONTRA CARA Y FIN

Acá, exactamente acá,

donde el viento puede arrasar mis tréboles,

trémulos sentimientos infectados de inocencia.

Acá, en este borde de lo finito,

del barco, la mar y lo profundo,

del dolor amasado con lluvia y bilis,

donde mis dedos no te alcanzan,

donde todo es un alarido largo, extenso,

como la misma memoria lo permite,

donde el niño se ahoga entre las arrugas de la piel agotada.

(FIN)Acá te decía,

en el temblor de los dientes que muerden el hueso,

acá, a la intemperie,

con este olor de alma desesperada,

es desde donde brota la sangre del poeta (manantial utópico de centauros y pegasus),

de quien necesita empecinadamente vivir a pesar de todo

y llorar sobre el hombro blando de una amiga,

que como muralla lo pueda contener.

T 833 Crónica de una carta que no se pudo escribir

T 833  Crónica de una carta que no se pudo escribir

   (... OH ! si esta lluvia cesara, podría quitarme la tristeza de extrañarte, así, mucho, como te extraño y salir de este lodo melancólico y caminar hasta el quiosco para comprar el diario. -¿sabes?, busco trabajo-...

    ... Si esta lluvia cesara, con ese diario bajo el brazo podría ir caminando a los lugares donde ofrecen los trabajos -¿te acuerdas que auto no tengo y que la miseria de mis bolsillos es infinitamente grande, no?- y quizás, conseguir alguno, que quizás también podría llegar a hacer y con el dinero de la paga, que no creo que pudiese ser demasiado pero alcanzaría, mandarte una carta para pedirte perdón. Claro si la lluvia cesara y la tristeza desapareciera, si no pensara en vos, digo. Pero llueve y llueve, y más llueve dentro de mí...)

   En un cuarto de luz extenuada, donde apenas había recuerdos de algún revoque sobre sus paredes, y estas, eran presas fáciles de las humedades y donde, también, el frío filoso y contundente inundaba desde el techo hasta los pisos. Entre los sonidos persistentes de una lluvia inacabable, frente a la mesa, la ventana, lo vio tomar la pistola y dispararse un tiro sólo una vez.

   Las ratas lo encontraron primero y en los diarios no salió.

T 832 Dios vetusto

T 832   Dios vetusto

 Manzanas verdes de sus ramas cuelgan,

un pájaro que sobrevuela del aire cuelga

y cuelga un puente sobre el río Hou

y un beso de mi boca

y de la espera la tuya con ansiedad.

 Cuelga sobre la cabeza la espada

y el ahorcado de la soga,

de las orejas los aros, del piolín la plomada

y del anzuelo el pescado.

 En la lluvia de Abril, de las nubes las gotas cuelgan,

las mismas nubes de las estrellas

y las estrellas de los sueños cuando te pienso

y el pensarte de mi alma

y ella de un cuento que te escribiré. 

Así es, todo de algo cuelga,

cuelgan las palabras de mi pluma al escribir,

de los ojos mis lágrimas,

del destino mi vida cuelga,

el horizonte de una bandada de pájaros blancos.

 Cuelga mi vida del destino,

 mencioné y él es la marioneta trasparente

que cuelga indefensa de los mágicos hilos

que caprichosamente mueve la muerte divirtiéndose

y ella, la muerte, de mi nefasta imaginación cuelga también

(como un dios vetusto, casi oxidado, imposible de adorar)

T823 Entero

T823 Entero

   Entera es el alma que te he dado, que te doy, y esos ojos de pájaros que desde los cielos te ven, y ese balcón abierto sobre el abismo, al aire puro y a la libertad.   

 Entera es la sangre que vertí, que te daré y te di, fuego y rebelión, el más profundo de los juramentos, hasta la muerte por vos; el más profundo de los sentimientos, morir con vos.  

  Entera es el agua que dejé sobre tu falda, que quizás te deje; gotas del pecho exprimido, dolor de noches sin dormir, dolor por tu dolor de agostos, por tu invierno sombrío, por esas tumbas que habitaste,  las que llore; me llore en huesas habitándote, una y otra vez, ante la mansedumbre del silencio siniestro de los más antiguos dioses.  

  Entera es la palabra que escuchaste, que escuchas, que escucharás.

Todos los códigos mágicos de los ángeles y las musas, la imaginación volátil del escriba, los sueños del hombre, los tormentos del poeta, los epitafios del amigo, la alegría del amigo, el amigo.  

      Enteros los abrazos, gigantes tentáculos que te protegían , casa, caverna, nido, que te protegen, que te protegerán; enteros, muy enteros.   

Y la voz también entera, más entera que nunca, alentándote en cada desafío, apaciguando las incertidumbres con canciones de cuna, abriendo las estrellas para que escuches la noche y sobre sus brazos dormir sin temor por la muerte.

 La voz sin eco, la voz que se te entreteje en las entrañas, como se entreteje la mañana temprano en un bosque de álamos entre silbidos y rumores de holgazanes pájaros.   

   Entero es el silencio, el oído quieto, la mirada atenta, como tantos abriles haya suspendidos en el tiempo; el aire que contengo, el universo que encierro en la palma de cada mano; es, será y fue para vos; todo para vos.    (Hablé de entero y quiero testificar ante la piedra azul de la conciencia, ante la tierra, el agua y el barro, ante tus ojos que me miran, ante estos montes que me escuchan,  que me significa: es un algo, ese algo en su totalidad; no puede ser ni más ni menos, sólo lo que es y es un universo que abarca todo lo que a él le concierna. No se si bueno, no se si malo, pero genuino y total.)  

   Entero estoy y entero te quiero y reclamo a los vientos de los otoños enteros, tu entereza, amiga mía, amiga del alma, amiga entera.   

No se, no se si podrías darme tal entereza, no porque no la tengas, quizás porque no puedas, comprendo. Pero me bastaría que tus ojos me miren con la simpleza de tu espíritu, con su inocencia.

Con la transparencia de tu alma, con la tristeza, también y por qué no, de la mirada de un pájaro en su último vuelo, con la alegría del primer sol sobre el rocío, muy temprano, muy temprano, cuando se despierta. No se... no se, me conformaría solamente con tu sonrisa.

 Si, con eso sólo bastaría, con eso, con eso. Y echarnos a volar.       

T 826 Olor

T 826 Olor

Quítame ese olor a espera,

a sombra,a frío y muerte que me martiriza el alma.

 Quítame esos sonidos lastimosos que me mantienen ausente,

abridme el pecho,que vuelen los versos,

 que el poeta ya es piedra en los brazos del aire,

que reposa en su tumba de barro entre los dientes de la tierra.

 ¡¿Qué me he hecho,para que sangren de mis ojos

flores negras y blancos epitafios

y flote ciego en el vacío, casi a la deriva,

mendigando,y cavilando dude de la veracidad de mi existencia?

! Quítame ese olor,desincrústame de la memoria silente,

la que me vio llorar frente al espejo hueco,

donde lloraba, también, mi fantasma aterrado.

 Déjame niño,vértigo, inocencia y asombro,

ya desnudo de esa piel agotada de olor a sombra,

 ya a la intemperie del llanto, sácame de la huesa y abrázame

,sólo abrázame y hazme creer que aún no he muerto,

que estoy en tu recuerdo, que soy uno de esos pájaros

que aún agitados te habitan y besa el aire como si fuera mi frente

y no llores, no ahuyentes a los dioses,

 en nombre de los dos.  

T 828 Quizas cien años junto a vos

T 828 Quizas cien años junto a vos

(... no creo ya en esta prisa,

esta vorágine de ser ni aquella sangre que todo lo revoluciona

y se dispara por mis venas ni en esta sed inacabable,

esa ansiedad del no regreso,

ese ir constante hacia la vida......no creo ya en los cambios de mi destino

 que por segundo ejecute ni en ese amplio espectro de tantos horizontes

ni en el orden ni el desorden ni en los mares de muchos nombres

 ni sus inagotables distancias ni en sus muchos puertos en olvido y barcos amarillos encallados hasta el tuétano...)   

 Ahora siento que las siestas deben ser más largas, en el levantarse más tarde,

en ir a hacer las compras de tu mano todos los días,

como si siempre fuera Domingo,

en acompañar el atardecer en su ocaso,

con unos mates cortos o con los pies apenas metidos en el agua, de algún mar o de un pequeño río perdido en las montañas de alguna lejanía,

 con nuestras miradas clavadas, diciéndonos todas esas cosas que ya no hace falta hablar, pero tanto decirlas.   

   Ahora creo, decía, que por fin estamos juntos ,

sobre la misma huella, con la misma vitalidad, la de los sueños,

con los pájaros multiplicados de a montones,

esperando, sencillamente, que a la hora que la muerte venga, nos encuentre aún abrazados.  

  Ahora siento, amiga mía, que cien años son una pavada

si podemos caminarlos juntos.

T 829 Crónica de un suicidio anunciado

T 829 Crónica de un suicidio anunciado

      “desperté con la muerte atrapada entre las manos,

quizás el tiempo se ancló a mitad de mañana,

antes que la sombra desapareciera bajo los pies”

    el aire fresco me vio cruzar la galería, pasar frente a vos y bajar por la anchura de escalinata de rústica roca, pero los pájaros estaban callados, menos los míos, los del alma, que lloraban a los alaridos.

 no escuchaste nada, o si, no se, iba apenas con unas medias grises, casi descalzo, negras mis botas las apretaba contra mi pecho en un abrazo desesperado; tomé la vereda de las margaritas y apuré el paso.

 te escuche gritar: -¿¡adonde vas!?- desde el balcón, arriba, en la galería me lo decías, desde donde me veías partir,  -allá -murmuré entre dientes apretados y las pupilas fijas hacia adelante    por el sendero que se descuelga hacia el río, mientras el corazón latía agitado,me di cuenta que no entendía la razón de mi existencia.

atormentado estaba, ni más ni menos de cómo había vivido, el monstruo y yo caminábamos por última vez de la mano, sobre los mismos pies, hacia la misma garganta oscura, él tampoco se resistía. me detuve en el lugar donde terminaría la historia, no estabas y nunca llegarías, eso si que deseaba con el alma,

¡realmente deseaba que llegases!  

  luego un árbol, la rama, el alambre, mi cuello, el cimbrón, mecerse pendularmente.

y entrar por fin en la nada,  con la última imagen bondadosa:de verdes y pájaros y aire fresco y el sol colándose entre las copas de los freznos, acacias, cipreses y moras,  y abajo el río, el último testigo, silencioso testigo,llevándose para siempre mi pesadilla.

vos no estabas        

T 830 Crónica de la soledad (descubrimiento)

T 830 Crónica de la soledad (descubrimiento)

   después de la puerta, la escalera, el portón, la vereda y la calle   después de ese mundo poblado de infinitos, la mar cargada de barcazas, quizás amarillas, quizás rojas, azules y sus muelles llenos de marinos barbados, fumando pipa, tomando ron y los tugurios repletos de historias y misterios   después ovillar los pasos, el camino, con el bagaje  pesado de aventuras; cruzar la calle –hola don Juan, doña María -, atravesar la vereda, el portón, subir la escalera, abrir la puerta ansioso del abrazo y la bienvenida ... pero sólo te golpeas con un silencio de ausencia, el olor de los vacíos y un frío húmedo que te quiebra la piel   después, la puerta escalera portón vereda y ya en la calle alguien te dice: - murieron años atrás-    después, bastante después, ves ese mundo poblado de infinitos con ojos desorientados, y descubres la soledad